jueves, octubre 26, 2006

La resolución de problemas

Hace ya algunos años y mientras me encontraba haciendo un curso la mayor parte de los profesores derivaban sus enseñanzas hacia lo denominado como “la resolución de problemas”.

Esta teoría venía a decir que detectado un problema si no se resolvía como poco se enquistaba y hacia peligrar el funcionamiento del grupo o de la organización, siendo lo más común que el problema se agravase con las consecuencias que ello podía acarrear: mal funcionamiento, desmotivación, falta de confianza en responsables de organización, e incluso desviaciones de la lealtad hacia otros sectores o personas en los que los subordinados buscaban la resolución del problema.

Un problema cuanto más grave es más posibles soluciones puede presentar. Esas posibles soluciones es conveniente que se estudien en grupo planteándolas en público y mediante el consenso encontrar la más conveniente.

Por el contrario un problema simple no necesita del estudio y de la deliberación del grupo pero siempre es aconsejable contar con otras opiniones.

Igualmente se puede plantear un problema y a la vez la posible solución teniendo ambos, problema y solución, un denominador común: la suma sencillez.

Pero las soluciones a los problemas no pueden ni deben ser llevadas adelante por todos los componentes del grupo. Por supuesto, y sobre todo en el caso de problemas graves, todos esos componentes deberán colaborar en la resolución pero siguiendo las pautas marcadas por el responsable del grupo u organización. Y es ese responsable el que deberá adoptar la iniciativa en la resolución del problema, y más cuando nos encontramos en una organización jerarquizada como es la Policía.

De no adoptarse soluciones y como se ha plasmado, los problemas se enquistarán o se agravarán. Un problema no tiene como solución el tiempo (el problema es problema hasta que deja de serlo). De nada valdrán paños calientes, capotazos o derivar la responsabilidad en otros, y mucho menos cuando esos otros son subordinados. En estos casos el problema perdurará o rebrotará con más virulencia. Y no será extraño el ver como al problema “A” se le suma después el “B”, luego el “C” y así sucesivamente, convirtiéndose el funcionamiento de la organización en un auténtico caos donde cada uno mirará por sus propios intereses sin importarle lo más mínimo la/s persona/s que tenga al lado o los fines que persigue la organización. El egoísmo y el egocentrismo darán al traste con todos los proyectos. Lo único importante es el “YO” y siempre “YO”. Pero hasta los personajes más importantes y representativos de los mencionados defectos, como pudieron ser los emperadores romanos, cayeron víctimas de sus condiciones personales.

El mando no debe sólo serlo sino ejercerlo, pero no con autoritarismo, tampoco con paternalismo, sino como responsable del grupo. Al ascender en los puestos de mando de la organización se adquiere una mayor responsabilidad, entendiendo como tal el trabajo de representar a un grupo de personas que trabajan en un mismo sentido, en nuestro caso en el mejorar la calidad de vida de los ciudadanos y con ello en hacer una ciudad más habitable. La solución para ello, que no es otra cosa que un problema, es un trabajo bien hecho, cada uno en la esfera de sus competencias y afrontar los problemas tal como van surgiendo adoptando las soluciones más convenientes en cada momento.

Podremos equivocarnos al intentar solucionar un problema, pero ello entra dentro de la condición humana, al igual que el rectificar. Si alguien ve defectos en esto, el errar y el rectificar, es que es muy corto de miras, es la típica persona que cuando señalas la Luna mira a la punta del dedo.

Desde que pertenezco a la Policía he conocido a muchos mandos. Unos eran auténticos torpes, con ninguna o escasa preparación, pero con una gran virtud: solucionaban problemas. Otros en cambio tenían carreras universitarias, pero eran incapaces de solucionar los problemas que se iban presentando. Quizás si que utilizaban su cerebro para dar salida a “grandes y elocuentes” problemas, pero cuando un subordinado acudía a ellos con “su” problema, aunque le escuchaban, enseguida lo tiraban al “cajón del olvido” y el problema persistía, al menos para ese compañero de escalafón inferior que lo había presentado y que, al menos para él, dicho problema tenía importancia.

Está claro que los “grandes jefes indios” no están para solucionar los problemas “domésticos” del último piel roja de la tribu, pero sí que tienen que escuchar al hechicero de la misma y entre unos y otros dar con la solución y con la satisfacción de ese guerrero que después tendrá que partirse la cara con las tropas del General Custer, porque de no hacerlo muy posiblemente que el piel roja diga… que disparen las flechas el Gran Jefe, el hechicero, Manitú y su pm, porque lo que es yo….

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