sábado, noviembre 11, 2006

¿Angeles o demonios?

Llevamos unos años en los que no dejan de sorprendernos noticias relacionadas con el mundo de la educación y que hablan de agresiones a docentes. Agresiones llevadas a cabo tanto por alumnos como por padres de los mismos.

Una de las últimas la pudimos ver en los telediarios de todas las cadenas de TV, siendo testigos de cómo un chaval de 15 años le arreaba “la del pulpo” a un profesor que momentos antes lo había sorprendido fumando en el interior de un aula. La “artífice” de la grabación no era otra que una niña que acompañaba al “fumeta” en su visita al colegio, y que, en teoría, grababa la escena para tener una prueba de que el agresor había sido el profesor siendo aquel la desconsolada víctima.

Pero las imágenes no dejaban lugar a dudas. El profesor recibía de lo lindo y tenía que escapar a duras penas del “valiente” muchacho.

Aunque por si quedan dudas analicemos la situación:
  1. Chaval de 15 años sin escolarizar.
  2. Se introduce sin permiso en un Instituto no siendo alumno del mismo.
  3. Utiliza un aula vacía junto a una chica que si que es alumna. Se supone que no tienen autorización para ello.
  4. Fuman en el interior de un Centro docente.
  5. Al ser sorprendidos por un profesor y requerirles éste para que le entregue el paquete de tabaco la emprende a golpes con él.
  6. La niña graba la agresión en su teléfono móvil y después se niega a entregarlo cuando es requerida para ello tanto por la dirección del Centro como por la Policía.
  7. La dirección del Instituto decide expulsar durante 15 días a la alumna. Esta decisión es criticada por su madre.

Como se puede deducir es un cúmulo de conductas irregulares, todas ellas enfrentadas a la Ley cuando no inmersas totalmente dentro del Código Penal. Y todo esos sinsentidos se pueden resumir en cuatro palabras “Pérdida total de valores”.

Hace unos años a la gran mayoría de los jóvenes ni se les hubiera pasado por la cabeza incurrir en alguna de esas conductas. Hubieran recibido el castigo de la sociedad, teniendo que pagar por el delito o falta cometido, acarrear con la decisión disciplinaria del Instituto, que a buen seguro habría sido la expulsión definitiva, y por supuesto los padres no habrían criticado las decisiones tomadas, sino que más bien habrían adoptado otras complementarias en el ámbito familiar que tendrían como resultado que el joven o la joven “se acordaran”.

Pero hoy no es así. Los chavales de hoy en día pueden tener mucha cultura, pero tienen muy poca educación. Esa falta de educación se demuestra en una falta absoluta de respeto hacia sus semejantes, sean estos sus propios compañeros de clase, profesores, policías, personas mayores, etc., es decir la mayor parte de segmentos de población que antaño con su sola presencia infundían respeto.

Cierto es que en los colegios siempre ha existido el hoy conocido como “acoso” hacia los compañeros/as con una personalidad más débil. Eran el blanco preferido de las chanzas y burlas de los chulitos de la clase, pero ¡ay! de faltarle el respeto al profesor, de hablar en clase o de no atender. Aún recuerdo las filas de alborotadores, y alborotar era p.ej. tirar un papel al suelo o no saberse la lección, esperando llegar a la mesa del maestro, allí juntar las yemas de los dedos y recibir unos cuantos golpes con la regla, regla de madera por supuesto.

O algo más suave como podían ser los castigos de cara a la pared, que se acompañaban en ocasiones por hacerlos de rodillas y con los brazos en cruz, cargando en cada mano con el libro de texto más pesado que existiera.

Y ojito… que cuando llegábamos a casa y si se enteraban nuestros padres del castigo recibido aún nos esperaba otra ración de eso que se decía: si no quieres caldo ¡dos tazas!.

¿Y si nos encontrábamos a la Policía por la calle?. Era para echarse a temblar. Cuanto más lejos los tuviéramos mejor. No digo nada cuando éramos sorprendidos haciendo alguna “gamberrada” al estilo de la época, que ríete hoy de los peces de colores, y era la propia Policía la que nos llevaba a casa. El deshonor caía sobre la familia entera, con lo cual no era extraño que el cabeza de familia, frase muy al uso en aquellos años 60 comienzos de los 70, blandiera el cinturón, por aquel entonces llamado correa y nos hiciera correr como alma que lleva el diablo por toda la casa, para terminar con el trasero enrojecido y sin ganas de “repetir la hazaña”.

No digo yo que aquellos años tengan que volver. Ni mucho menos. Pero lo que si que tiene que volver es el establecimiento generalizado de unos valores que propicien una convivencia mejor, llevada adelante en democracia y con libertad. El respeto a las personas mayores, a los derechos de los demás, por supuesto el respeto, que no miedo, a la Policía, y tener en los profesores y profesoras un referente social, que no el tío/a que no hace “más que jodernos”.

Los chavales tienen que comprender que no todo son derechos, que tienen unas obligaciones y deberes que cumplir. Pero los primeros que tienen que entender esa situación son sus propios padres. Cuando salta a los medios de comunicación la noticia de una agresión cometida por un padre/madre a un profesor/a pienso ¿quién es más cafre? ¿los padres o los hijos?.

Si la educación de nuestros hijos todo se resume en un “si, hijo” estamos apañados. Esos niños se acostumbrarán a que nadie les diga que no. Ni sus padres, ni las personas de su entorno y mucho menos aquellos que sean ajenos a ese entorno, como pueden ser los docentes. Pero llegará un momento en sus vidas que alguien les dirá “NO”. Ese alguien será la Policía, y no porque los chavales vayan a tener problemas con la Justicia, no. Puede ser que cometan una simple infracción de tráfico y como estarán acostumbrados a que nadie les reproche su actitud, lo verán como lo más normal del mundo, pero ¡ay! puede que ese proceder infractor sea contemplado por un Agente de Policía que cumpliendo con su obligación les extienda la correspondiente denuncia, y el joven no entenderá esa circunstancia y a buen seguro que esa nimiedad desemboque en una situación más grave. El chaval habrá encontrado a alguien que le estará diciendo por primera vez en su vida ¡no!. El papel de los padres tiene que cambiar. No pueden ser el coleguita con el que pasarlo “da buten”. Los padres, además de ser amigos de nuestros hijos, tenemos que ejercer también de padres.

Precisamente no hace muchos días y con motivo de una intervención derivada de una infracción de tráfico, un crío de no más de 18 años me dijo “sois unos fachas de mierda”. Yo le pregunté si sabía quiénes eran o habían sido los fachas. No supo responder. Como tampoco supo responder gracias a quién disfrutaba de una sociedad democrática. O dónde estaba él en aquellos años en los que mucha gente luchaba para conseguir la actual libertad. Ese al que él llamaba facha de mierda era uno de los que en la segunda de la mitad de los 70, y siendo de su misma edad e incluso más joven, había corrido delante de los “grises”. Tampoco sabía quienes eran los grises.

Al día siguiente ese mismo “héroe y luchador por las libertades públicas” (las suyas) tuvo un nuevo encontronazo con otros compañeros. Seguía reclamando por sus derechos y libertades, su libertinaje lo definiría yo. Yo sé cual será el final de ese chaval. Más pronto o más tarde acabará detenido, y de no cambiar su actitud en no muchos años se convertirá en "carne de talego".

De todas formas gran parte de responsabilidad de esta situación la tiene el actual estilo de vida, donde se hace necesario que padre y madre trabajen para poder llegar a fin de mes y contar con todas esas cosas “necesarias” que se requieren en una familia: dos buenos coches, la moto del nene, la TV de plasma, un ordenador por cada habitación, primera residencia y donde hay primera no puede faltar segunda, ¡vamos! cosas necesarias para vivir. Y si el padre y la madre no pueden compaginar horarios, o no son capaces de sacrificarse para ello, es muy posible que el niño o la niña lo más humano que encuentren cuando lleguen a casa sea una televisión emitiendo culebrones o programas-basura.

Y así nos va. Cuando no haya solución igual nos entran las prisas por arreglarlo.

jueves, noviembre 09, 2006

El botellón

Por las noticias que vamos recibiendo a través de los medios parece que lo conocido como “botellón” sea un invento de nuestros días, cuando no es así. Casi se puede decir que el botellón lo inventaron los padres de los que hoy se reúnen para llevar a cabo esa práctica.

La forma de divertirse de los jóvenes ha ido cambiando con el paso de los años. Mis recuerdos llegan a comienzos de los años 70 cuando las pandillas de amigos se reunían en casa de alguno de sus componentes para merendar y marcarse algunos bailes. Aquello se conoció como los “guateques”. Esos guateques se trasladaron posteriormente a bajos o a pisos que se alquilaban entre varios amigos, con la intención de escapar de las miradas inquisidoras de los padres o la presencia siempre incómoda de hermanos y hermanas pequeños, sabiamente dirigidos por aquellos en función de “escopeta”. Otra opción, al menos en la ciudad de Valencia, fue desarrollar esos guateques en los casales falleros, llegando a encontrar un verdadero filón ciertas Comisiones ya que los convirtieron en auténticos bailes, donde para poder acceder al Casal había que abonar la correspondiente entrada.

Sobre 1974 comienzan a aparecer en España, importados de Inglaterra, unos locales a los que se acudía a charlar con los grupos de amigos mientras se tomaba una cerveza: los Pubs, que en nada se parecían a los de ahora. Eran lugares donde lo normal era permanecer sentado mientras por los altavoces sonaban músicas de allende los mares y siempre en un volumen que permitía sostener las conversaciones sin tener que alzar la voz. Algunos de estos pubs carecían, de forma intencionada, de una iluminación suficiente y la música tenía tonos mucho más sensuales. El Je t’aime moi non plus cantada por Jane Birkin estaba a la orden del día. Eran locales donde acudir con las primeras novias y pasar la tarde dándose arrumacos, frente a una cerveza o coca-cola que costaban por aquel entonces 25 ptas. El cuba-libre estaba en 50 ptas., y si era de whisky alcanzaba las 75 ptas. El Barrio del Carmen fue el primer lugar de Valencia donde se instalaron ese tipo de locales.

La gran mayoría de jóvenes en aquellos años ya estábamos trabajando a los 14 años. Las economías domésticas necesitaban de nuestro concurso. Muchos de esos jóvenes, además de trabajar, completaban sus estudios acudiendo a Institutos y Facultades una vez finalizada su jornada laboral. Pero ese trabajo nos permitía contar con un poco de dinero para pasar los fines de semana. Fines de semana que por otro lado comenzaban el sábado por la tarde, ya que lo normal es que oficinas, fábricas, talleres y demás componentes del mundo laboral “disfrutaran” de una semana de trabajo que iba desde el lunes hasta el sábado al mediodía.

Otros pocos jóvenes, normalmente de familias con recursos, podían permitirse el seguir estudiando sin tener que trabajar hasta que finalizaban sus carreras. Precisamente por esa disposición de recursos económicos podían disponer de dinero para poder salir con los amigos los fines de semana sin que ello afectara a las economías familiares.

Pero aún así en aquellos años se iba gestando eso del botellón. El término medio de dinero para pasar el fin de semana estaba entre las 100 y las 200 ptas. y con ello pocas consumiciones se podían realizar.

Por ello se aprovechaba el tiempo y el dinero y una de las visitas obligadas en las tardes de sábados y domingos, eso de salir por la noche aún no se llevaba hasta que no cumplías los 18-20 años, era acudir a bodegas donde merendar y tomarse unas cervezas. Así las bodegas Merito en la C/. Micer Mascó; El Pilar en la C/. Moro Zeit, Casa Santiago (aún me acuerdo de sus patatas bravas) junto al Teatro Princesa en la C/. Rey D. Jaime y otros locales similares en el barrio de Sant Bult, conocido como el barrio de las tascas, se llenaban de gente joven en aquellas tardes de los 70.

Comenzaban a aparecer las primeras discotecas siendo su fuerte los domingos por la tarde, si bien no era aconsejable el acudir a ellas ya que en muchas ocasiones se convertían en “teatro de operaciones” de las conocidas como “bandas” que no eran otra cosa que grupos de jóvenes de los diversos barrios de Valencia que “disfrutaban” de su ocio dándose palos entre ellos o al personal que se encontraba cerca. Así discotecas como “Contamos contigo”, en Quart de Poblet”, la Sala Charly en la C/. Pepita de Valencia y otras similares reunían a lo “más selecto de la sociedad valenciana”.

Por aquellos años se puso de moda también el que los colegios para conseguir fondos para sus viajes de fin de curso realizaran fiestas en diversas discotecas de la ciudad los viernes y sábados por la tarde. En estas fiestas se contaba con la seguridad de que no iban a acudir los tan temidos por aquel entonces “pandilleros”. Así discotecas como Caniche, en el Pº de la Alameda en lo que hoy es la discoteca Le Club, o Paradise ubicada en el Chalet de Ayora en el Jardín del mismo nombre, reunían a multitud de jóvenes, que antes de entrar en las mismas habían visitado las bodegas mencionadas anteriormente y que ya entraban en esos locales con cierto “puntito”.

Las tardes de los fines de semana, como he dicho anteriormente, también se pasaban en los pubs. Pero el dinero no daba para muchas cervezas o cuba-libres. Por eso y sobre todo en el barrio del Carmen se hizo famosa una lechería donde se acudía a consumir cervezas de litro, cuyos envases se debían de devolver ya que al ser retornables los cobraban. Con ello se hicieron famosas las “litronas”, auténtico embrión de lo que hoy conocemos como botellón.

En 1977 y a raíz del estreno de la película “Fiebre del sábado noche”, protagonizada por John Travolta es cuando comienzan a surgir discotecas por doquier. Recalco lo de “sábado noche”. Los viernes no se salía y mucho menos los jueves. Y como aquí nos movemos a base de películas no es hasta 1979 cuando se comienza a salir también los viernes, año en que se estrena la película “Por fin ya es viernes”, protagonizada por Donna Summer y ambientada igual que la primera en el mundo de las discotecas.

La entrada a las discotecas, situándonos a finales de los 70, estaba a 300 ptas. Por entonces y para pasar todo el fin de semana se disponía de 500 ptas., el mejor de los mortales podía llegar a las 1.000 ptas., y había que acudir a las “discos”. Las sesiones más fuertes eran los viernes y sábados por la noche y en los domingos por la tarde. Pocas virguerías se podían hacer y para alcanzar los famosos “puntitos” que te desinhibieran a la hora de echar tejos a las chatis había que recurrir a ciertos trucos. Trucos que pasaban por pedir una salida de la discoteca e irte al bar de al lado a tomarte unas cuantas cervezas. O bien adquirir entre varios amigos una botella de whisky, coca-cola, vasos y cubitos, meterlos en el maletero del coche y antes de entrar en la discoteca meterse unos cuantos “largos” entre pecho y espalda, o bien dirigir esas salidas de la disco hacia donde se encontraba estacionado el “buga”.

¿Y qué era eso sino lo conocido hoy día como botellón?

Pero la gran diferencia con lo que ocurría hace años y lo que ocurre en la actualidad era que entonces la mayoría de jóvenes, como dije, trabajaba y no dependía de papá y mamá para su paga semanal. Las copas en la relación de precio – dinero que se dispone eran igual de caras antes que ahora, pero el tiempo de ocio era significativamente menor, ya que no es hasta finales de los 70 primeros de los 80 cuando se generaliza la semana laboral de lunes a viernes, con lo cual las salidas se limitaban a los sábados tarde-noche y domingos por la tarde. Hoy todos sabemos que no ocurre lo mismo. La gran mayoría de jóvenes se dedica únicamente a estudiar y reclaman de sus padres el “impuesto revolucionario” todos los fines de semana, que comienzan los jueves por la noche cuando las zonas de ocio se llenan principalmente de estudiantes, dejando los viernes y sábados para el resto de población. Por el contrario los domingos por la tarde se ha dejado de salir, o la salida es mucho más tranquila (p.ej. cine).

Ese tren de “fiesta” es difícil de mantener con los 20-30 euros que puede recibir un joven de 18 años de sus padres cada fin de semana. El salir de “fiesta” puede que no se limite a una noche, sino que sean como poco dos noches repartiendo la marcha entre disco-pubs y discotecas. Disco-pubs que en nada se parecen a los de antaño ya que ahora su propio nombre indica lo que son: “Disco”, y así la música que emiten sus altavoces son los últimos éxitos del momento, desde OT hasta ritmos latinos, pasando por músicas atronadoras o “remembers” de éxitos musicales del pasado.

Estos locales no tienen público al que atender en horario vespertino, al igual que ocurre con las discotecas, limitando su horario de funcionamiento a las horas nocturnas, pero eso sí comenzando como poco a la hora de las brujas y nunca antes, y eso los Pubs, porque las discotecas hasta las tres y media o las cuatro apenas tienen clientes. Mucho ha llovido desde que en aquellos “despertares” de las discotecas sus sesiones nocturnas comenzaban a estar animadas desde las 11 de la noche y los locales cerraban sus puertas a las tres de la madrugada.

Pero volvamos al botellón porque los recuerdos me traicionan y me hacen retornar a años jóvenes que nunca volverán.

Como dije el botellón se inventó hace muchos años. Otras diferencias entre aquellos botellones y los de hoy en día tenían un denominador común: el respeto a los demás. Impensable era abrir el maletero del coche y poner en marcha el equipo de música del mismo a todo volumen, había que respetar el descanso de los vecinos. Igualmente impensable era dejar todo hecho unos zorros, con vasos, botellas y bolsas de plástico abandonados. Nuestra escala de valores hacia que, sin que nadie nos dijera nada, retornáramos todo a su aspecto original. Y si esos valores no se respetaban siempre había alguien que nos los recordaba y a ese alguien siempre se le debía un respeto, fuera una persona mayor fuera la propia Policía.

La situación se fue deteriorando con el paso de los años. Los vecinos, esos jóvenes de los 70 que habían hecho uso de su derecho al ocio con respeto a los demás, reclamaban en los 90 el disfrute del derecho al descanso en contraposición al ocio desmadrado que se estaba produciendo en la ciudad: Canovas, Juan Llorens, el Carmen –siempre presente-, Aragón y Xúquer. Sobre todo esta última propició una nueva Ordenanza Municipal sobre ruidos y vibraciones en la que se implantaban las Zonas Acústicamente Saturadas, teniendo el dudoso honor de ser la primera, y hasta ahora única, zona de ocio declarada de tal guisa. Además en 1997 se aprueba en la Comunidad Valenciana la primera Ley sobre drogodependencias y otros trastornos adictivos o ley anti-botellón que viene a sancionar conductas tales como el consumir bebidas alcohólicas en la vía pública.

Estamos en el 2006 y la situación del botellón en España se ha convertido en noticia en todos los medios de comunicación. Prensa, radio y televisión se hacen eco de las convocatorias de los jóvenes, utilizando para ello las últimas tecnologías –Internet y mensajes de teléfonos móviles- para realizar macro-botellones, compitiendo entre ciudades para ver quien junta a mayor número de borrachos. Vamos, como para inscribirse en el Libro Guiness.

Y cuando no se realizan esas convocatorias los jóvenes van apareciendo en las noches de los fines de semana como setas. Un grupo aquí, otro allá y otro más acullá. Algunos buscan la tranquilidad de zonas no habitadas pero otros se sitúan en plazas ajardinadas y zonas peatonales rodeados de edificios de viviendas y consiguiendo el general cabreo de los vecinos, ya que todos tienen en común que dejan el espacio que les rodea repleto de suciedad. En muchas ocasiones acompañan sus cogorzas con el consabido coche tuneado, con equipo de música de muchos decibelios y con el maletero abierto para que todo el vecindario disfrute de los últimos éxitos musicales de Radio Mákina.

La Policía Local hace lo que puede: requisa botellas y botellas de bebidas alcohólicas abandonadas por los botelloneros, toma muestras de las consumiciones para extender las correspondientes denuncias e intenta disuadir con su presencia la proliferación de esos grupos de “setas”. Es decir, cumple con su misión de hacer cumplir la Ley y de denunciar las infracciones que observa pero que al fin y al cabo no son más que paños calientes para solucionar un problema que requiere de otras medidas más imaginativas.

Tenemos una ciudad en la que por suerte gozamos de un clima envidiable que invita a permanecer en la calle charlando con los amigos. Estoy convencido que en ciudades de p.ej. el norte de España las noches de botellón son escasas debido al frío y a la lluvia. Además hay que añadir de que la cultura del ocio se asienta en dos pilares fundamentales: el buen “comercio” y el mejor “bebercio”.

No se entiende una reunión de amigos, sea de la edad que sean y se produzca donde se produzca, sin tener a mano algún tipo de bebida alcohólica: desde el carajillo o la copita hasta el whisky en vaso largo con hielo. Es una situación intrínseca a la condición humana, al menos en los países occidentales ya que en otros, por su religión, el consumo de alcohol está prohibido
Algunos Ayuntamientos permiten el consumo de bebidas en espacios debidamente habilitados para ello. Los “botellódromos”. ¿Es esta una actuación acertada?.

Pongámonos por un momento en el lugar de un padre que recibe la noticia que un hijo/a suyo se encuentra en coma etílico por la ingesta de bebidas en un lugar habilitado para ello, es decir, con la aprobación de la Administración ¿Cómo se sentiría ese padre?. Cierto es que alguien podrá decir que si ese hijo/a quiere beber no necesita para nada el acudir a ese espacio habilitado y por tanto puede agarrar la gran melopea en cualquier lugar. También es cierto que cuando se habilita un espacio no es que se pongan cuatro vallas y alguien diga “queda inaugurado este botellódromo”, sino que el lugar debe de contar con determinados servicios tales como sanitarios, de seguridad, higiénicos, etc. A la hora de beber en la calle siempre será mejor hacerlo en uno de esos sitios que no por libre en cualquier plaza o jardín.

Pero ahora mentamos a la bicha, o quién le pone el cascabel al gato. ¿Quién se atreve a llevar adelante una medida de esas?. Sea quien sea quien la lleve adelante y sea quien sea quien esté en la oposición, ésta siempre dirá que quien autorice un botellódromo estará fomentando el consumo de bebidas alcohólicas entre la juventud, por lo que volvemos donde estábamos. A los paños calientes.

Existen otras alternativas para disfrutar del ocio sin tener que recurrir al JB. En algunas ciudades los polideportivos abren en horas nocturnas y realizan actividades destinadas a los jóvenes pero… ¿tienen éxito?.

Nosotros como policías tenemos que cumplir con nuestro trabajo. Y nuestro trabajo por un lado es muy simple. Tal como dije tenemos que hacer cumplir la ley y denunciar las infracciones que se observen. Pero a la vez es muy complejo ya que de golpe y porrazo nos convertiremos en “enemigos” de esos jóvenes que se encuentran disfrutando de su ocio. La “pasma” habrá llegado para aguarles la fiesta. Tendremos que hacerles ver lo incorrecto de su actitud, de las molestias que ocasionan, de la suciedad que generan, pero aún así nos harán la pregunta ¿dónde vamos?.

Y lo único que podremos responder es a aquellos sitios donde no infrinjáis las normas y donde no causéis molestias a los vecinos.

Entre todos tendremos que buscar ese lugar y esas actividades ideales para los jóvenes, lo que se traduce que el problema del botellón sólo se paliará, que no solucionará, mediante la educación emanada desde la familia. Educación que haga ver a los jóvenes que el consumo de alcohol no les lleva a ningún lado, no les hace mas guay’s, y por el contrario les puede producir problemas de salud –no hablemos ya del riesgo en caso de que conduzcan-, así como que lo más seguro es que provoquen molestias a otros ciudadanos.

Y ya se sabe mi libertad acaba donde empieza la de los demás.

N. del A. Este artículo está referido a la ciudad de Valencia pero es perfectamente extrapolable a cualquier ciudad española, sobretodo si goza de un clima suave.