Una de las últimas la pudimos ver en los telediarios de todas las cadenas de TV, siendo testigos de cómo un chaval de 15 años le arreaba “la del pulpo” a un profesor que momentos antes lo había sorprendido fumando en el interior de un aula. La “artífice” de la grabación no era otra que una niña que acompañaba al “fumeta” en su visita al colegio, y que, en teoría, grababa la escena para tener una prueba de que el agresor había sido el profesor siendo aquel la desconsolada víctima.
Pero las imágenes no dejaban lugar a dudas. El profesor recibía de lo lindo y tenía que escapar a duras penas del “valiente” muchacho.
Aunque por si quedan dudas analicemos la situación:
- Chaval de 15 años sin escolarizar.
- Se introduce sin permiso en un Instituto no siendo alumno del mismo.
- Utiliza un aula vacía junto a una chica que si que es alumna. Se supone que no tienen autorización para ello.
- Fuman en el interior de un Centro docente.
- Al ser sorprendidos por un profesor y requerirles éste para que le entregue el paquete de tabaco la emprende a golpes con él.
- La niña graba la agresión en su teléfono móvil y después se niega a entregarlo cuando es requerida para ello tanto por la dirección del Centro como por la Policía.
La dirección del Instituto decide expulsar durante 15 días a la alumna. Esta decisión es criticada por su madre.
Como se puede deducir es un cúmulo de conductas irregulares, todas ellas enfrentadas a la Ley cuando no inmersas totalmente dentro del Código Penal. Y todo esos sinsentidos se pueden resumir en cuatro palabras “Pérdida total de valores”.
Hace unos años a la gran mayoría de los jóvenes ni se les hubiera pasado por la cabeza incurrir en alguna de esas conductas. Hubieran recibido el castigo de la sociedad, teniendo que pagar por el delito o falta cometido, acarrear con la decisión disciplinaria del Instituto, que a buen seguro habría sido la expulsión definitiva, y por supuesto los padres no habrían criticado las decisiones tomadas, sino que más bien habrían adoptado otras complementarias en el ámbito familiar que tendrían como resultado que el joven o la joven “se acordaran”.
Pero hoy no es así. Los chavales de hoy en día pueden tener mucha cultura, pero tienen muy poca educación. Esa falta de educación se demuestra en una falta absoluta de respeto hacia sus semejantes, sean estos sus propios compañeros de clase, profesores, policías, personas mayores, etc., es decir la mayor parte de segmentos de población que antaño con su sola presencia infundían respeto.
Cierto es que en los colegios siempre ha existido el hoy conocido como “acoso” hacia los compañeros/as con una personalidad más débil. Eran el blanco preferido de las chanzas y burlas de los chulitos de la clase, pero ¡ay! de faltarle el respeto al profesor, de hablar en clase o de no atender. Aún recuerdo las filas de alborotadores, y alborotar era p.ej. tirar un papel al suelo o no saberse la lección, esperando llegar a la mesa del maestro, allí juntar las yemas de los dedos y recibir unos cuantos golpes con la regla, regla de madera por supuesto.
O algo más suave como podían ser los castigos de cara a la pared, que se acompañaban en ocasiones por hacerlos de rodillas y con los brazos en cruz, cargando en cada mano con el libro de texto más pesado que existiera.
Y ojito… que cuando llegábamos a casa y si se enteraban nuestros padres del castigo recibido aún nos esperaba otra ración de eso que se decía: si no quieres caldo ¡dos tazas!.
¿Y si nos encontrábamos a la Policía por la calle?. Era para echarse a temblar. Cuanto más lejos los tuviéramos mejor. No digo nada cuando éramos sorprendidos haciendo alguna “gamberrada” al estilo de la época, que ríete hoy de los peces de colores, y era la propia Policía la que nos llevaba a casa. El deshonor caía sobre la familia entera, con lo cual no era extraño que el cabeza de familia, frase muy al uso en aquellos años 60 comienzos de los 70, blandiera el cinturón, por aquel entonces llamado correa y nos hiciera correr como alma que lleva el diablo por toda la casa, para terminar con el trasero enrojecido y sin ganas de “repetir la hazaña”.
No digo yo que aquellos años tengan que volver. Ni mucho menos. Pero lo que si que tiene que volver es el establecimiento generalizado de unos valores que propicien una convivencia mejor, llevada adelante en democracia y con libertad. El respeto a las personas mayores, a los derechos de los demás, por supuesto el respeto, que no miedo, a la Policía, y tener en los profesores y profesoras un referente social, que no el tío/a que no hace “más que jodernos”.
Los chavales tienen que comprender que no todo son derechos, que tienen unas obligaciones y deberes que cumplir. Pero los primeros que tienen que entender esa situación son sus propios padres. Cuando salta a los medios de comunicación la noticia de una agresión cometida por un padre/madre a un profesor/a pienso ¿quién es más cafre? ¿los padres o los hijos?.
Si la educación de nuestros hijos todo se resume en un “si, hijo” estamos apañados. Esos niños se acostumbrarán a que nadie les diga que no. Ni sus padres, ni las personas de su entorno y mucho menos aquellos que sean ajenos a ese entorno, como pueden ser los docentes. Pero llegará un momento en sus vidas que alguien les dirá “NO”. Ese alguien será la Policía, y no porque los chavales vayan a tener problemas con la Justicia, no. Puede ser que cometan una simple infracción de tráfico y como estarán acostumbrados a que nadie les reproche su actitud, lo verán como lo más normal del mundo, pero ¡ay! puede que ese proceder infractor sea contemplado por un Agente de Policía que cumpliendo con su obligación les extienda la correspondiente denuncia, y el joven no entenderá esa circunstancia y a buen seguro que esa nimiedad desemboque en una situación más grave. El chaval habrá encontrado a alguien que le estará diciendo por primera vez en su vida ¡no!. El papel de los padres tiene que cambiar. No pueden ser el coleguita con el que pasarlo “da buten”. Los padres, además de ser amigos de nuestros hijos, tenemos que ejercer también de padres.
Precisamente no hace muchos días y con motivo de una intervención derivada de una infracción de tráfico, un crío de no más de 18 años me dijo “sois unos fachas de mierda”. Yo le pregunté si sabía quiénes eran o habían sido los fachas. No supo responder. Como tampoco supo responder gracias a quién disfrutaba de una sociedad democrática. O dónde estaba él en aquellos años en los que mucha gente luchaba para conseguir la actual libertad. Ese al que él llamaba facha de mierda era uno de los que en la segunda de la mitad de los 70, y siendo de su misma edad e incluso más joven, había corrido delante de los “grises”. Tampoco sabía quienes eran los grises.
Al día siguiente ese mismo “héroe y luchador por las libertades públicas” (las suyas) tuvo un nuevo encontronazo con otros compañeros. Seguía reclamando por sus derechos y libertades, su libertinaje lo definiría yo. Yo sé cual será el final de ese chaval. Más pronto o más tarde acabará detenido, y de no cambiar su actitud en no muchos años se convertirá en "carne de talego".
De todas formas gran parte de responsabilidad de esta situación la tiene el actual estilo de vida, donde se hace necesario que padre y madre trabajen para poder llegar a fin de mes y contar con todas esas cosas “necesarias” que se requieren en una familia: dos buenos coches, la moto del nene, la TV de plasma, un ordenador por cada habitación, primera residencia y donde hay primera no puede faltar segunda, ¡vamos! cosas necesarias para vivir. Y si el padre y la madre no pueden compaginar horarios, o no son capaces de sacrificarse para ello, es muy posible que el niño o la niña lo más humano que encuentren cuando lleguen a casa sea una televisión emitiendo culebrones o programas-basura.
Y así nos va. Cuando no haya solución igual nos entran las prisas por arreglarlo.
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